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compartimos el artículo de Paz Castillo: 

Referente y proyecto arquitectónico.
Relaciones entre historia, preexistencias y algunas didácticas proyectuales contemporáneas en Buenos Aires

Revista Arquisur año 9, nº16

R













– NOV 2019 /// PÁG. 82–93 /// ISSN IMPRESO 1853-2365 – ISSN DIGITAL 2250-4206
Plaza Boedo en el libro Total Latin American Architecture




Plaza Boedo

Postulación a la BIA-AR 2016


Proyecto: Arq. Paz Castillo | Mgtr. Arq. Carolina Kogan | Arq. Leonardo Cabral 
Colaboradores: Arq. Mariano Sosa | Arq. Florencia Spina | Eric Chen
Asesores: Ing. Fernando Gonzalez, Paisajismo | Ing. Santos, Estructuras | Estudio Rigacci-Riesco, Iluminación | Estudio BSB, Hidráulica | Ing. Chalkho, Agrimensura


El proyecto surgió de la pregunta por el carácter que debía definir a una nueva plaza barrial de la Ciudad de Buenos Aires que no había tenido –como sucediera con la mayoría de las plazas identificadas con los barrios porteños– un origen como plaza. De hecho, el lado de la manzana delimitado por la calle Virrey Liniers, seguiría estando marcado por el loteo original: una sucesión paralela de lotes de 8,66mts por una profundidad promedio de 27mts.
El terreno atípico de 97mts x 107mts sobre el que se construiría la plaza, había sido originalmente una estación de tranvía y luego había pertenecido a una empresa de transporte hasta quedar totalmente abandonado, situación que se extendió durante décadas.
Dada esta condición original, ninguna situación particular de los lotes frentistas a la futura plaza sugería naturalmente su presencia.
La demanda de que la futura plaza permitiera radicar de alguna manera la memoria del barrio de Boedo, derivó en otra serie de preguntas respecto de la posibilidad de la arquitectura de retener una memoria, que escurridiza como toda memoria, era difícil de ubicar físicamente. Memoria que de alguna manera residía, disgregada, en los bares típicos de la Av. Boedo, en el tango, en la literatura, en los centros culturales, en la casa chorizo, en la vereda, en los vecinos, quizás resumida en la propia condición de barrio.
Al recorrer la cuadrícula a vuelo de pájaro, se sigue reconociendo el peso de la trama construida: baja, densa y homogénea, de textura cerrada, con patios pequeños, sin centro libre de manzana. Alguna torre emerge excepcionalmente de esta urdimbre.
La constante transformación y densificación de la ciudad no indicaba que esta condición se mantuviera por largo tiempo.
Es así que la plaza se pensó como huella de un modo del barrio “en vías de extinción”, como impresión superficial de la trama de ese barrio cuya memoria así podría formalizar. Pero lo haría como lugar abierto, invirtiendo las proporciones de grises (lo construido) y verdes (patios) de las manzanas circundantes.





















Los grises
Sutiles diferenciaciones de solados de pavimento de hormigón texturado dan cuenta de los matices de la trama que refiere al tejido construido circundante, y permiten organizar las distintas actividades que pueden darse simultáneamente en la plaza.
Un anfiteatro informal queda definido en el despliegue en vertical de la misma trama de piso.
Piezas especiales de hormigón premoldeado para sentarse o recostarse se integran a los muros de contención delimitando áreas de reunión de mayor o menor apertura.

Las sombras
Parte de la estructura metálica de los galpones preexistentes, despojada de la cubierta original, distribuye nuevas zonas de sombra que al superponerse con el tratamiento diferencial del nivel “0” propone distintas formas de ocupación del espacio público. A su vez la estructura funciona como un mediador entre la escala abierta del espacio de la plaza y la gran altura de las torres sobre Sanchez de Loria.
Un sistema de bastidores revestidos con malla electrosoldada se intercalan entre las cabriadas siguiendo sus diagonales para densificar la sombra y sostener enredaderas.

Las actividades
Dada la estructura general de este espacio abierto que se repliega, diversas actividades propias de la escala barrial pueden darse simultáneamente sin interferirse.
El lado Sur de la plaza, con el anfiteatro como centro, admite mayor aglomeración de gente para eventos multitudinarios, funcionando como punto cúlmine del corredor que une la Plaza Boedo con la Plaza Martín Fierro a lo largo de la diagonal Oruro. Entendiendo que una gran cantidad de centros culturales, entre los principales el Julián Centella, podrían organizar actividades al aire libre en este sector, es que se destina mayor superficie de pavimento en las inmediaciones del edificio a reciclar donde se organiza también un sistema de puestos de feria con fines múltiples.
El lado Norte de la plaza, en su encuentro con la medianera existente, se destina al sector de niños, mientras que en parte del perímetro exterior Norte y Este de la plaza se definen pequeños sectores resguardados para disponer de lugares tranquilos de descanso.

Los verdes
Leves cambios de nivel y de planos definen las distintas superficies “verdes” pensadas como áreas de total accesibilidad delimitadas por muros bajos de hormigón a modo de parterres. Estos parterres son el recurso que permite transformar los casi 10.000m2 de pavimento preexistente en superficie absorbente reduciendo el impacto de su demolición.
Árboles, trepadoras, arbustos y distintas especies de flores conviven en estos contenedores verdes que conforman un sistema compositivo “orgánico” definido por las distintas densidades, tonalidades, perfumes, texturas, temporalidades.
Casa en el Encuentro

postulación BIA-AR 2016. 

Proyecto:  arqs. Paz Castillo y Carolina Kogan
Colaboradores: Eduardo García Izaguirre y Simona Solorzano


El proyecto se desarrolló para un lote de 26mts. de frente por 45mts. de fondo, levemente trapezoidal, ubicado en el barrio privado El Encuentro, en el partido de Tigre.
El frente del terreno –de orientación sudoeste– tiene vista directa a la laguna principal, que se despliega irregularmente bordeando el otro lado de la calle. Sobre esta costa irregular se estructura el loteo del sector noreste del barrio.
El fondo del lote –hacia el noreste– linda en forma directa con otra laguna, pequeña y alargada, que lo separa de los sectores comunes del barrio y del camino de acceso.
A 10mts. del frente, del lado izquierdo del lote, preexistían dos eucaliptos frondosos de una altura aproximada de 12mts. Otro eucalipto de altura similar remataba el fondo del terreno, en este caso, por fuera de los límites construibles.
Dados los retiros establecidos por el reglamento de construcción, la superficie edificable se acotaba a un polígono de aproximadamente 20x23mts. que incluía los dos eucaliptos frontales. Este hecho, y la firme decisión de incorporar los árboles al proyecto, determinó la configuración del volumen, tanto en planta como en alzado, que se “acomodó” a estos condicionantes definiendo una geometría también irregular que remataba con el despliegue de las cubiertas inclinadas hasta la máxima altura de 8,60mts. en el nudo de las cumbreras.
























El proyecto se definió desde un principio con una materialidad compuesta, que reservaba al hormigón y al metal, las funciones estructurales y a la mampostería de muro doble con cámara de aire, los cerramientos exteriores opacos. La presencia de grandes carpinterías de aluminio completaría los cerramientos verticales, cuando se necesitara de la transparencia, la apertura y la relación visual con el exterior, más como planos de cierre que como vanos en el muro.
La distinción constructiva entre estructura y cerramiento, quedó disuelta en una expresión material homogénea, dada por el revoque de terminación superficial, que apenas distingue un leve cambio de tonalidad entre las distintas partes que interactúan en la volumetría general.
El cambio material mas evidente se produce en el plano quebrado de la cubierta, de pizarra negra, donde un rehundido define el corte del muro para dar lugar a las distintas salientes del techo.

La diversidad de lógicas que convergían en la cubierta, tensaban fuertemente el despliegue de su perfil. La coordinación de las necesidades formales externas y las de la variación del espacio interior, a veces coincidentes y otras no, permitió definir pendientes de faldones, alturas máximas y mínimas, aperturas, escurrimientos, siempre buscando que ambas situaciones se potenciaran en esa tensión.
Por este motivo, la estructura de la cubierta se convirtió en un tema en sí mismo al cruzar problemas muy específicos de estática, geometría, forma y resolución constructiva.
Lograr sistematizar tal complejidad de convergencias, nos llevó a estudiar esta pieza independientemente. Esto permitió definir una suerte de catálogo de resoluciones estructurales y constructivas relacionadas a los distintos encuentros que se producían.

Un sistema de escaleras concatenadas, diferenciadas por niveles, estructura el espacio de recorrido vertical que fluye hacia el punto más alto de la cubierta mientras se despliega diagonalmente en busca de luz natural y vistas –tanto internas como externas.
El primer tramo, de mayor jerarquía, se ubica en una posición casi central de la planta articulando el cambio de dirección de la misma con una suave curvatura que induce el movimiento de ascenso a la vez que el de acceso a la planta baja pública.
Una vez llegados al primer nivel, un tramo de escalera se vuelve sobre la anterior envolviendo el espacio recién recorrido, para acceder al dormitorio principal, medio nivel mas elevado. En este movimiento, van apareciendo las copas de los eucaliptos que quedan casi al alcance de la mano al llegar al descanso.
En la misma dirección del quiebre final del primer ascenso, se despliegan unos escalones que inician la subida al entrepiso. Desde allí se abre un vano con vista al estar de planta baja mientras se vuelve a girar, en sentido contrario. El último tramo de escalera, diferenciado claramente de esta plataforma ascendente,  busca encontrarse con el punto de mayor altura. Es en este último espacio donde la cubierta encuentra la total coincidencia formal con el cielorraso interior, abriendo visuales al exterior en sus líneas de quiebre.

La búsqueda espacial interior se centró en la variación y la transición.
Mientras la volumetría exterior se moldeaba para acomodarse al terreno, desde el interior se trabajaban paralelamente las perspectivas diagonales en busca de vistas intencionadas, ocultamientos y aperturas.
El espacio interior resultante, no es un espacio que se reconozca por su unidad formal, sino por tratarse de una sucesión articulada de espacios variables aunque continuos en muchos de los casos tensados por cambios más o menos significativos de altura, proporción y/o direccionalidad.
Esta “continuidad variable”, la definen tanto solados, como muros y cielorrasos aunque difícilmente una alteración en el solado se replique sincrónicamente en el cielorraso y en los muros, más bien los pasajes se van anunciando lentamente, encadenados, nunca simultáneos.

El trabajo sobre el poché permitió resolver sutilmente las transiciones de espacios morfológicamente diversos. Los espesores generados entre dos situaciones adyacentes de cierta autonomía formal, permitieron ubicar lugares de guardado, muebles, nichos, mientras articulaban esos pasajes.