rejas. plaza boedo.

verano 2013




No hay caminos rectos que atajan en diagonal la plaza. 
No hay un camino por cada esquina. 
No debía haber -como en tantas otras- una entrada.

Hay muchas direcciones para atravesar o para dejarse perder. 
Hay caminitos, como los que se forman en el pasto tras el paso reiterado de la gente. No suelen llevar a ningún lado. 
Otros conducen holgadamente hasta algún lugar en particular. Y se convierten en pistas de patinaje o espacios de reunión.

Una de sus cuatro aristas linda, inevitablemente, con el espacio privado. 
Pero sus otros lados –para contrarrestar este límite tajante– querían filtrarse, diluirse, hasta convertirse en vereda, luego en calle. 
Así, las calles que la rodean se convertirían, casi sin darse cuenta, en plaza.

Pero las rejas y el muro mantenido sobre Loria -ambas decisiones del municipio ajenas al proyecto- replican la medianera existente. 
Construyendo nuevos límites tajantes, encierran, separan el espacio público. 
Que ya no es tan público.

Ahora sólo se accede a la plaza por unas pocas puertas. 
La mayoría está cerrada con candado. 
Muchos caminos mueren contra las barras. 
Algunos visitantes -los que no se acostumbran- prefieren saltarlas.